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El pasado 23 de febrero tuvimos ocasión de ver un audiovisual sobre los desiertos, volcanes, montañas y salares de la vasta e increíble extensión que forman Argentina y Chile. Fueron espacios enormes y solitarios los que vimos, superficies inabarcables de sal y pájaros, cenizas y nubes, colores, soledad y silencio. Cuando escribo estas frases me viene a la cabeza lo que esas imágenes significan y a la vez cuán lejos estamos de ellas. El día a día es como una termita que va horadando la madera que es el tiempo, y cuando nos queremos dar cuenta, una arruguita más en la cara descubrimos frente al espejo. El contraste entre aquellas imágenes que reflejaba la pantalla en la penumbra de la sala y las que protagonizan nuestra cotidianeidad, delimitadas por fronteras que quedan a pocos minutos de casa, o como mucho a unas horas, es tan grande, que viene a llamarnos la atención sobre si realmente podríamos hacer más de lo que hacemos con nuestro tiempo, con nuestras vidas.
Un amigo de la juventud que no volví a ver, me escribió unas notas en un libro que me regaló, hace ya veinte años:
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