Desde el principio, las pruebas diagnósticas eran
claras: una hernia discal en la zona lumbar era la causa de mis dolencias
durante los últimos meses.
La intervención quirúrgica puso fin a mis males sólo
temporalmente. Una asombrosa recuperación que me llevó a abandonar el
hospital por mi propio pié apenas 48 horas después de la intervención,
seguido de un período de dos semanas de bonanza durante las cuales apenas
necesitaba del uso de las muletas para caminar, acabaron en una rápida e
inexplicable recaída que me llevaron a ingresar nuevamente en el hospital
Durante un mes, las pruebas y análisis realizados no daban resultados
concluyentes sobre mi afección, incluso el equipo médico que me trataba
estaba perplejo ante el agravamiento de mi estado a pesar del tratamiento
cada vez mas fuerte. Finalmente, un hemocultivo dio positivo por infección
bacteriana, lo que puso en movimiento al equipo médico y fuí nuevamente
intervenido para limpiar la zona afectada. ¿la causa? Una de esas
infecciones de quirófano de las que todos hemos oído hablar alguna
vez y que suponen una insignificante proporción en las estadísticas, pero
que desgraciadamente existen.
Tras más de dos meses de reposo absoluto en cama y seis semanas de
tratamiento antibiótico en vena, finalmente, a día de hoy, he podido empezar
a levantarme y dar los primeros pasos, eso sí, enfundado en un corsé de
termoplástico que va a ser mi compañero de cordada durante los próximos seis
meses.
Puestos en conocimiento los abatares que el destino
me tenía reservado para los últimos meses de mi vida y toda vez que empiezo
a ver un punto brillante al final del largísimo túnel de mi recuperación,
paso a la parte sustancial de este escrito, que no es otra sino el hacer
público mi agradecimiento a todo el personal de la Clínica
ASEPEYO de Coslada que me ha atendido durante mi ingreso, destacando su
profesionalidad y trato exquisito y educado, tanto de facultativos como de
auxiliares.
Pero hay tres personas para las cuales tengo un
especial agradecimiento, dos de ellas son personal del hospital que supieron
ver ó detectar que mi salud mental se deterioraba más rápidamente que la
física durante los largos días de incertidumbre que precedieron al
diagnóstico y que, haciendo gala de una calidad humana por encima de
cualquier protocolo profesional, consiguieron devolverme la sonrisa a base
de cariño, ternura y dedicación casi exclusiva, con innumerables visitas a
mi habitación, incluso cuando me cambiaron de planta. ¡Ana y Eva,
gracias, sois especiales!
La otra persona es Conchi, mi mujer, que
aunque la he dejado para el final, para ella es mi mayor gratitud, en
negrita y con mayúsculas, pues es quien ha tenido que soportar durante
todo este tiempo mi enfermedad, mi mal humor, mis frustraciones, mis iras y
mis dudas, mientras tenía que desdoblarse para compaginar mi enfermedad con
el cuidado del niño, la casa y su trabajo.
También quiero agradeceros a todos los que os habeis
interesado por mí durante este tiempo y deciros que…¡nos vemos en las
tapias!