las tertulias del café Gijón
historias reales para no dormir
(cada mes una)
1
"Calamidades" (remitida por
Kukin)
En el mes de Agosto del año 2004,
muchos pudimos ver al Guey y al Chemari repitiendo la Lola Flores
(6B) con tres cintas, dos fisureros y una cuerda de 30 metros. En la Piloto, mientras, nos santiguabamos
al lado de estos infortunados mientras probábamos los famosos walki - talkis de
Piwi que no llegaríamos a llevar a Peña Vieja. No fue por valentía,
osadía o valor. Fue porque son y serán un desastre hagan lo que hagan. Que si
llevas tú las cintas, que si las llevo yo...Al menos quedarán como noticia
destacada en estas tertulias del café Gijón.
2
"Quien roba a un ladrón..."
(remitida por Yayo)
Cuentan que allá por los años
ochenta, en los albores de los pantalones blancos, las bolsas de magnesio
gigantes, y los pies de gato de bota, nuestro mito viviente Josema,
el auténtico alpinista electricista, el que se subiera la quesito por allá y por
acullá, se unió a una pandilla de mozalbetes, en uno de esos tantos días en que
se venía a dedo desde Alcobendas para escalar en el Pico. Cuando bajaban, el
lince de Josema atisbó un material abandonado en la cercana Aguja K-2, y así se lo comunicó a sus compañeros, pensando en que el trío
repartiría el botín. Cuál fue su sorpresa cuando uno de ellos se quedó con todo
el alhijo, argumentando que el primero que llega, pilla. Lo que menos se
imaginaba el pobre chaval es que Josema había escondido en represalia en
sus bajos, material de aquel listillo que nunca más encontraría.
3
"La pelota" (remitida por
Cainejo)
En el verano de 1986, Nacho, Chesi, Osorio y Sebi,
se encontraban en Collado Jermoso. Cuentan las crónicas que les había costado
muchas incomodidades y penurias llevar hasta allí un balón de voleibol, sobre
todo porque en las paradas a coger algo de la mochila, había que estar
pendientes del esférico, y ya sabemos todos cómo son las terribles pendientes de
esas montañas. A alguien se le ocurrió que en la campa donde se erige el
refugio, se podía jugar un poco a la pelota, y todos así asentimos. Con lo que
no contamos fue con la impericia del que fue a buscarlo, que lejos de proteger
el juguete, lo sacó botando del refugio, con tan mala suerte que un peldaño
inoportunamente situado mandó el balón a las profundidades del Argayo Congosto
para siempre. Así pues nos quedamos sin catar un sólo minuto el famoso
instrumento deportivo, si bien muchas veces me he imaginado la cara de aquellos
que subieron por el Argayo y vieron pasar, atónitos, la bola blanca marca "
Mikasa" por delante de sus narices en un precipitado descenso hasta el
serpenteante y bravo Cares...
4
"El pedo" (remitida por
Helen)
Dolomitas, cinque torri, el 20,
21, 22, o 23 de agosto de este año 2004, aquí estoy yo, la Helen, con el Juez
y el Dani, no me acuerdo que día, estoy en una reunión de la Vía Miriam, y
salen de la nada, una pareja de alemanes cincuentones y gordotes, que vienen
dispuestos a adelantarnos por detrás, se anclan conmigo en las sosta (reunión
en italiano), y el marido se tira un pedo sonoro y terrorífico, que me deja
grogui por unos momentos, mientras que él y su mujer se ríen como dos hienas.
¿Dónde se ha quedado la educación? ¿Dónde las buenas maneras?. Para terminar
de jodernos la marrana, en el siguiente largo el alemanote no se espera a que
salgan mis compañeros de cordada y les pasa la cuerda por el cuello (como
seguro auxiliar supongo), y su mujer lo sigue tirando meños y escojonándose
acordándose del pedo. Vaya par.
5
"La Caída" (remitida por El
Abuelo)
Se dice, se cuenta, te venden, que
el grillo (más conocido como grigri) es el aparato para asegurar más fiable del
mercado, al menos para vías de descuelgue. En la última Semana Santa, el remate
final a un periplo de cuatro días recorriendo fantásticas paredes y bloques por
toda la geografía española, lo puso en La Pedriza una caída antológica, la madre
de todas las caídas, el ostión por antonomasia. No se sabe si por la mano del
asegurador, que estaba puesta donde no debía; no se sabe si por un reviraje
extraño del aparato... lo cierto es que que el asegurador estaba a uvas, y el
aparato, de automático nada. El escalador que se pira, el vuelo que no acaba, y
las posaderas en el suelo es un crujir de ramas y huesos. Lo que nadie entendió,
fue que los casi nueve metros de abismo no hubieran abierto la cabeza del pobre
Abuelo, que no se explicaba lo que había sucedido. Aún así, repitió la
ruta, con el mismo asegurador, más que nada para quitarse el mal sabor de boca.
Pasados unos meses, quien sabe si por aquello, el tullido estuvo paralizado en
cama de cintura para arriba una semana, y aún hoy, le recorre un escalofrío
cuando lo recuerda...
6
"Sueños" (remitida por Raúl)
Llámense fenómenos paranormales,
llámese sugestión psicológica pero lo cierto es que en cierta época de mi vida
ocurrió que tenía sueños que se convertían en realidad ó la realidad era un
sueño, el caso es que la situación me producía cierto desasosiego. Os voy a
relatar dos de esos sueños, cuyas personas implicadas, o al menos algunas de
ellas pueden dar fe de la veracidad de mis palabras y los hechos acaecidos:
“El Día de Reyes de 1.986,
mientras me encontraba en casa con mi amigo Ovidio, se presentó otro
amigo al que tengo en gran estima y con el cual escalé por primera vez
encordado: Daniel Jiménez acompañado de la que hoy es su mujer el cual,
entre sollozos, nos relató que cuando había llegado a su casa de La Cabrera la
había encontrado asaltada, habiéndole desaparecido entre otras cosas, todo su
material de escalada. Cuerdas, cintas, friends, gatos,..., todo.
Sucedió que durante la noche soñé que me encontraba
en el interior de una casa en obras, bajo la cubierta, viendo el material robado
amontonado en un rincón y a su vez veía la casa de Daniel. Estuve durante todo
el día en el trabajo dando vueltas al asunto y ya anochecido cogí una linterna y
marché a buscar a Ovidio. Tras relatarle mi sueño así como mi intención de ir a
buscar el material robado, éste creyó lo que le contaba y decidió acompañarme.
Llegados a la casa de Daniel, observamos que en la
parcela colindante por la parte posterior había una casa en obras. Tras
registrar el interior, no hallamos nada. Al otro lado de la calle, unos metros
mas adelante, existía otra parcela con donde se había empezado a construir una
vivienda años atrás y ahora se hallaba abandonada a medio construir. Al
registrarla observamos una pequeña oquedad en el forjado, de apenas medio metro
de lado, que daba acceso bajo la cubierta de la vivienda. El primero en
introducirse por el hueco fue Ovidio que, sin esperar a que yo hubiese subido,
se puso a buscar, no dando crédito al encontrar tras un tabique el material
robado. Se daba la circunstancia que desde el lugar que nos hallábamos no se
veía físicamente la casa de Daniel, quedando oculta tras la primer casa en
obras, pero ésta se hallaba a escasos cuarenta metros.
Se dió la paradoja de que cuando llamé a Daniel para
darle cuenta del hallazgo de su material, me acusó de haber sido yo mismo quien
se lo había robado, forzando casualmente el hallazgo. Incluso hoy en día y
después de haber hablado del tema en varias ocasiones, aún no está convencido de
haber ocurrido los hechos tal y como los acabo de relatar.
El segundo de los sueños que voy a relatar es mas
truculento, y la obsesión que me produjo se dilató a lo largo de varios años.
Esta vez y sin la concurrencia de factores que pudieran haberme causado algún
tipo de sugestión, soñé que mientras me encontraba sólo paseando por la base de
la pared del Pico de la Miel, me encontraba un cadáver en el callejón del
Soyermo, el callejón de descenso de la cumbre de la derecha del Pico de la
Miel.
Por aquel entonces subía casi a diario al Pico y os
puedo asegurar que durante años evité pasar yo solo por dicho lugar. Incluso
cuando pasaba por allí acompañado de otras personas, se me ponían los pelos de
punta y, aunque no decía nada (jamás relaté el sueño a nadie, excepto a mi buen
amigo Ovidio) barría con la mirada todos los rincones, por si acaso.
Al cabo de aproximadamente cinco ó seis años tras
haber tenido el sueño y armado de valor mientras me repetía que no pasaba nada,
que no había nada, que no pasaba nada, que no había nada, ....., comencé a pasar
yo solo por el lugar, aunque sin mucha confianza
Ocurrió que a los pocos meses, mientras me dirigía
una tarde yo solo a la cumbre del Pico para rapelar pues estaba cepillando lo
que iba a ser una nueva vía, me encontré con el cadáver de un chaval de 16 ó 17
años bajo la Bavaresa Blanca, justo a la entrada al Callejón del Soyermo. Por lo
visto, según relataron la novia y un amigo que acompañaban al chaval fallecido,
el mismo había subido por la Ezequiel en solo integral y zapatillas, sin haber
escalado nunca ni conocer la vía. Dijeron que como el tiempo pasaba y no le
veían ni bajaba, decidieron ir a dar parte a la Guardia Civil, llegando al lugar
minutos después de haberme dado de narices con el cadáver. Al parecer, el chaval
llegó hasta el bosque colgado de encinas y pretendió destrepar por dicha
bavaresa, cayendo al vacío en el intento.
Se dio la circunstancia de que el día anterior me
había acompañado Ovidio a limpiar los dos primeros largos de la vía, quedando
pendiente unos metros del segundo. Ese día había llovido por la mañana y Ovidio
no podía acompañarme, por lo que fui yo solo a acabar el segundo largo. Cuando
comenzó el revuelo de sirenas y helicópteros, creyeron que había sido yo el que
me había despeñado, pues en las condiciones que se hallaba la pared seguro que
no habría nadie escalando. Rápidamente se corrió la noticia por el lugar y más
de uno se quedó blanco cuando me vieron bajar a dejar la mochila y subir de
nuevo con los equipos de emergencia y rescate.
Como podéis imaginar, el suceso hizo que aborreciese
el proyecto de abrir la vía, de la cual aún puede observarse parte de la
cepillada a la derecha del tercer largo del Espolón de Manolín.
7
"Tormenta" (remitida por Kukin)
Era una tarde lúgubre, de
tormenta.
Debían ser sobre las 9, no
puedo saberlo con exactitud, los truenos retumbaban de manera especial en el
recinto, su sonido era como metálico. La descarga se extendía amedrentando
campos y cerros hacia la vega del Jarama. Desde los ventanucos abiertos, que
ventilan siempre la pestilencia del sudor que provocan las series, se intuía una
noche negra y funesta. Las colchonetas desprendían el polvo que subía reflejando
las luces indirectas que Mimi con buen criterio y gusto había colocado en
las esquinas del cuadrilátero, como diminutas estrellas en el espacio.
En un momento dado, los
espectadores quedaron mudos, esperando un desenlace. Chemari agarraba con
fuerza un canto redondeado y sucio con la mano derecha. Con la izquierda, un
pegote de sica. La pierna derecha se apoyaba peligrosamente para el menisco en
una piececita de madera, y la izquierda, talonaba ineficazmente una presa
alargada. Era un bloqueo exagerado, la madre de todos los bloqueos, el mega -
bloqueo del siglo, algo inusual y a todas luces desproporcionado para el talento
físico de su protagonista. Hasta
Bandi, el perro, miraba con sus pupilitas de cristal la escena, y arrugando el
hocico, daba media vuelta hacia la cocina. Yo callado, Mimi callado, Gema
callada. El mundo callado. Sin respiración. Y entonces...
...el
plafón se vino abajo. Volaron ladrillos, vigas de madera, y cemento. El ostiazo
fue tan desmesurado, que ni siquiera los truenos acallaron el estruendo del
estropicio.
Cuando llegaron las
ambulancias, sólo un grito sonaba más que el de los bomberos ordenando calma:
desde los escombros, una mano todavía pinzando una presa rota y una voz de
ultratumba que decía: ¡soy un mutanteeeeee!!!!!
Es....el Santuario.
8
"Siscitrato"
(remitida por César)
Todo comenzó bastante bien.
Claro que supongo que como todo. Al comienzo no se te pasa por la cabeza como
pueden evolucionar las cosas y que rumbo van a tomar. Como había dicho todo
comenzó bastante bien, recogiendo a Elena a la hora acordada en la Estación Sur
de Autobuses de Madrid. El viaje transcurrió sin ninguna novedad que merezca la
pena reseñar, excepto que cuando paramos en Torla para coger agua nos olvidamos
de cerrar las puertas de la furgoneta y se nos cayó una mochila a la carretera.
¿Qué pensaría el coche que venía detrás de nosotros cuando se encontrara una
mochila de 80 litros en medio de la calzada? No lo se, pero esta señal del
destino nos debería haber puesto alerta. Cuidado chavales, que esto no es de
broma, estáis en Ordesa.
Desoyendo este
consejo, o esta reacción del subconsciente, al día siguiente nos levantamos
pronto y alegremente nos dirigimos a la vía. Cuerda doble, dos juegos de aliens,
uno y medio de friends, los fisus, ¿ganchos? ¿Para qué quieres eso? Bueno,
bueno, tu déjame que no pesan. Con un litro de agua para el camino y otro para
la vía suficiente ¿no?, total hoy va a hacer fresco y no sudaremos mucho... En
hora y media mas o menos estábamos a pié de vía. Los primeros largos parecen
complicados. Tal y como me dijo un amigo son hierba vertical, sobre todo el
primero. Cuarenta metros de zig-zag después monto reunión debajo de la chimenea,
que señala el croquis que es el segundo largo. Después de esta chimenea, que
Elena solventa, ataco el tercer largo. Cualquier parecido entre este largo y el
croquis es pura coincidencia. Podría ir por donde subí yo o podría ir por
cualquier otro lado, porque no había en esta zona absolutamente nada
característico que pudiera orientarte. Al final, en tierra de nadie, monto
reunión: un Camalot del 2 y dos aliens azules. Vamos suficiente para colgar un
camión. Desde aquí vemos un pino que está señalado en el croquis, así que
suponemos que vamos mas o menos bien. El siguiente largo es muy fácil. Elena lo
temina rápidamente, una travesía herbosa y remontar unas gradas para montar
reunión en la base de un diedro. El siguiente largo tampoco ofrece mucha
resistencia, diedro, unas gradas y reunión en unos clavos. Hasta aquí la vía es
hasta tumbada, pero a partir de aquí nos introducimos en los desplomes. El
siguiente largo está descrito en el croquis como: expuesto, difícil de seguir y
de asegurar. Efectivamente lo es todo y además con roca descompuesta. Elena
tarda muchísimo en hacerlo porque cruza las cuerdas varias veces y le rozan
tanto que al llegar a la reunión tiene que hacer un lanzamiento de friend a una
fisura para no caerse. Lo mete tan bien que luego somos incapaces de sacarlo.
Desde aquí arranca el que debería ser el largo mas duro de la vía. El diedro
desplomado de 6c. Este diedro termina en una reunión sobre aliens completamente
colgada. En teoría la vía está hecha. Un largo de 6a+ y estamos en la cumbre.
Nos tenemos que dar un poco de prisa porque está anocheciendo. Este largo se
hace durísimo, debe ser 6a+++++ o mas incluso. Al final medio en artificial
medio en libre Elena llega a la reunión. Tenemos el tiempo justo, otro largo que
parece corto y estamos fuera. Cojo el frontal por si se me hace de noche en el
largo y salgo. A dos metros de la reunión se me hace de noche y tres gancheos,
varios Aceros y un paso de estribos después llego a la conclusión de que no
puedo salir por ahí Elena lo intenta después y tampoco puede. Debe ser que como
es de noche no lo vemos claro. Como me da bastante miedo rapelar por la noche
estos desplomes nos preparamos para vivaquear en la repisa. Tenemos mucha
suerte y por la noche no hace mucho frío. Conseguimos incluso dormir a ratos.
Al día siguiente esperamos a que nos de el sol para calentarnos un poco. Pero
incluso con el calor y la luz no hay nada que hacer. O la vía no sale por ahí o
hay algo que estamos haciendo mal. No conseguimos salir ni en artificial.
Gancheos, fisureros en lajas, el alien negro, salidita en libre, el 3,5 y otra
salidita en libre para ponerme de pié en una placa y comprobar que el bloque
del que tengo que tirar primero y subirme luego parece que se va a despegar en
cuanto tire de él hacia afuera. Le meto un gancho para subirme a él y alcanzar
un canto mas arriba y me empieza a dar tanto miedo que me rindo. Ya no hay nada
que hacer. Elena me descuelga hasta la reunión y planeamos como bajarnos. Poco
mas que contar. El primer rapel muy complejo y muy desplomado. A partir de aquí
mas fácil. Los dos últimos rapeles los hacemos de lajas, llegando al suelos unas
30 horas después de haber comenzado y después de habernos tirado 21 horas sin
beber. Nuestro objetivo ahora está bien claro: ¡Huevos fritos con longaniza!
9
"El Charco"
(remitida por Yayo)
El despertador sonó a la
hora a la que suele sonar los sábados por la mañana cuando no ha habido romería,
o sea, a las 9. Cuando subí la persiana para ver el aspecto del Collado Celemín,
me encontré con el día que esperaba: frío y soleado, típico de un invierno que
estaba pasando su veranillo de San Miguel. Era el día perfecto para Peñarrubia.
Tras tomar el obligado café
con Helen, pasamos a buscar a Charli, mientras Chemari, la calamidad por
antonomasia, se dirigía por su cuenta a la ermita de Guadalix, aparcando en este
punto su Seat Córdoba amarillo. El y Helen irían andando un tramo más, ya que yo
había decidido continuar pese a saber que el camino presenta en estas fechas
charcos considerables. Pero en cualquier caso, poca cosa para mi super todo
terreno (un Seat Panda con 20 años en los engranajes)
Tal que así, el viejo Panda
enfilaba el camino que, entre empalizada de piedras, lleva a unos encinares más
cercanos a las paredes. Hasta que a la altura del primer gran charco puse pie al
freno. "Es hora de sacar a Coco". Fue entones cuando el perro salió del
coche, y a modo de detector de calados y profundidades, atravesó la laguna sin
más miramientos, calculando yo que entonces, habríamos de salir ilesos. Charli,
a mi lado, no las tenía todas consigo..."yo lo dejaría donde Chemari",
comentaba. Pero antes de que acabara la frase ya había terminado de cruzarlo con
éxito, en el convencimiento de que el Panda es el coche más alto y más molón de
los que existen en el mercado para semejantes territorios.
Fue al cabo de un par de
minutos cuando apareció un segundo charco. Años antes que había pasado por ahí
con Raúl en un Fiesta, y ello me animaba a intentarlo una vez más. Sin embargo
una señal me hizo desistir, para alivio de Charli, y es que Coco había
atravesado por la empalizada, no por el charco. "Mmmmm, algo huele mal...",
dije para mis adentros. Fue entonces cuando puse marcha atrás y me rendí a la
prudencia de la que a veces (sólo a veces) he hecho gala.
Hasta que apareció el
Chemari reflejado en el retrovisor, que con la Helen, nos estaban dando alcance.
"¡Maricón! ¿Es que no te atreves?"
Ahí empezó el inicio de la
tragedia.
¿Que no
me atrevo?
Charli que desea huir. Yo
que acelero. El Coco que patidifuso mira desde lo alto atónito. La Helen con las
manos en la cabeza.
Veinte metros fueron
suficientes para estropear la mañana. El charco no era tal, era mar. Era tan
profundo que el panda hundió el morro dentro, y el agua desbordó habitáculo,
salpicadero, asientos. Por todas partes entraron vías de agua. Encima estaba
fría de cojones. Y sucia. El barro penetró en mi slip y me enfrió los bajos.
Charli no se lo podía creer.
El ridículo más espantoso.
La jornada más chafada. El sol en el cielo.
Cuando llegué a casa, en el
maravilloso y seco coche amarillo, Mari desde la ventana, me interpeló: ¿Y el
Panda?
10
"Bacalao al pil pil" (remitida por Pies de Barro)
Las historietas de montaña,
si algo tienen, es que permanecen en el recuerdo por siempre, y salen a colación
en los momentos más insospechados, normalmente bajo los efluvios de vinos,
cervezas o licores que se comparten en cualquier tasca perdida de los lugares
del mundo en que nos movemos. Ello es así porque los momentos vividos en el
monte, tienen para nuestras vidas un valor añadido bien superior al de los que
nos toca vivir del aburrido calendario de la cotidianeidad. Precisamente hace
poco, con motivo de las fiestas navideñas, que nos reúne en León a la flor y
nata de los escalachines leoneses, tuve ocasión de ver en una de esas tascas que
parecen estar detenidas en el tiempo (aquellas de fotos amarilleadas, paredes
cuarteadas y techos altísimos) a mi buen amigo Navarro y recordar el famoso
episodio del Bacalao al pil pil en Valdeteja, un pueblo de la montaña leonesa en
plena Cordillera Cantábrica.
Fue un día de crudo invierno
leonés, de esos en que pisas el barro o la hierba y cruje como el turrón
aplastado. Habíamos ido a hacer algún corredor de hielo, pero no había sido
posible porque la nieve estaba cayendo desde bien entrada la tarde, y no había
forma siquiera de subir al Puerto de Valdeteja. Aquello era dantesco, la gente
sorprendida en la carretera no sabía si iba o venía, todos estaban preguntándose
cómo volverían a la ciudad. Todos menos nosotros, que si algo éramos, era
inconscientes, y tanto nos daba quedar atrapados por la nieve en un pueblo de la
montaña leonesa como en una balsa en medio del océano. A resguardo en el bar,
podíamos estar jugando a las cartas durante horas, con los calcetines y las
botas mojadas. Mientras hubiera orujo y amigos, el mundo se podía romper.
Rondaban las ocho de la
tarde, ya a oscuras por completo en el pueblo, cuando desde el manto blanco del
exterior, entraron en el bar otros amigos del grupo, que se habían dedicado a
las cuevas ese día. Lógicamente ellos emplearon útilmente el tiempo, porque bien
es sabido que en el interior de las cavidades, nunca nieva.
Como era hora de cenar,
todos los comensales juntos, ellos y nosotros, ocupamos una mesa grande en la
esquina del bar, mientras algunos paisanos voceaban sobre la barra, despertando
la sonrisa de otros montañeros que habían encontrado en el local un refugio
donde esperar el fin de la ventisca. Nos estaba permitido sacar nuestras
fiambreras y nuestras viandas, siempre a condición de que la bebida corriera a
favor de la tasca, y en ningún modo se podía cocinar.
Sin embargo Navarro, quien
sabe si por confiar en la benevolencia del regente, o bien por la manía de dar
la nota en cualquier lugar del globo, encendió el hornillo y sobre él puso una
sartén con aceite. A escondidas, bajo la mesa, y de cara al posadero, partía
ajos y sacaba de la mochila dos auténticos ejemplares de lomos de bacalao, que
enseguida empezó a freir, confundiéndose el ruido de la fritura y el humo
aromático con el que producía la conversación y los habanos del bar. La
algarabía, el bullicio, el descojono y los cánticos, fueron adueñándose de la
tarde, mientras fuera la nieve iba cubriendo cada vez más la propia nieve.
Esto del bacalao al pil pil
tiene su arte. Dicen los entendidos que hay que hacerlo moviendo continuamente
la sartén. Pues bien, no me equivoco si os digo que desde las ocho y media hasta
las nueve y cuarto, a fuego lento, el paciente de Navarro estuvo, bajo la mesa y
a escondidas, con la sartén por el mango, dale que te pego, mientras todos los
demás andábamos ya por la fruta y rematando el culo de la botella de vino.
Mientras Navarro meneaba la cacerola, pasaron por nuestras manos carajillos y
bombones, orujos y entrefinos, sol y sombras y mondadientes.
A la hora de probarlo, todos
nos quedamos expectantes. Navarro que mastica. Navarro que frunce el ceño.
Navarro que mira la sartén. Y con estas, Navarro que sale con ella mango en mano
hacia la calle. Abrió los contenedores aparcados al lado de la carretera, casi
enterrados por la nieve, y con las mismas echó todo el guiso dentro.
Cuando volvió, me dijo:
pásame el chorizo, anda...
11
"La Piedra" (Remitida por El Padrino)
Antes de que llegáramos a
tener en nuestras manos el primero de los fisureros; mucho antes de que viéramos
por primera vez a alguien ponerse una zapatillas de goma para escalar; antes
incluso de que se vieran los primeros arneses de cintura, andábamos mi buen
amigo Osorio y yo en las Hoces de Vegacervera, una buena mañana de verano. César
de Prado y Juanjo Sandoval se encontraban en una de tantas rutas de aquella
época que marcaron el inicio de la escalada actual, y que tanto se comentaban en
las tertulias de los clubs de montaña dela capital. Eran los tiempos de “Ocultos
Pensamientos”, de la “Atila”, de “El Taxi”, “Tres Techos...”
Ese día, a nosotros se nos
había relegado a un segundo turno, es decir, escalaríamos por la tarde cuando
ellos hubieran ya bajado (entonces no se rapelaba nada, siempre se bajaba
andando de los sitios, y hacer más de dos vías en el día era una proeza). No en
vano ellos eran los maestros (sobre todo César, de quien aprendí mucho), y
nosotros, unos críos quinceañeros que habíamos escalado dos veces (si llegaba) y
que no teníamos en nuestro cerebro más que tías, noche y rock and roll.
Las Hoces siempre fueron un
lugar duro para mí; el nudo que se me ponía en el estómago cuando recorría los
primeros metros de cualquier vía no era el mismo que cuando escalaba en Aviados,
o en Cubillas, o en Valdehuesa. El río, el viento, la carretera, la altitud de
esos paredones, el pozo del infierno, la presa...como que me imponían. Sin
embargo siempre me gustaron mucho, sobre todo cuando en los días calurosos
merendábamos a la orilla del Torío comentando mil y una historietas increíbles,
y nos bañábamos en las pozas debajo de las paredes. De aquella sólo dos vías
surcaban la pared de moda.
Aquel era uno de esos días.
Para hacer tiempo, decidimos subir por una canal que queda debajo de Tres
techos, la cual dicen que siguiéndola, se alcanza la cima del Pico Valporquero
cimero. A media subida, con bastante ambiente aéreo bajo los pies, se abrió ante
nosotros un muro impresionante, con bloques y hierba de aspecto poco amistoso.
Nada bueno se presagiaba ante aquello. La verdad es que me sorprendió, porque
por la información que poseíamos se podía ascender sin problemas hasta la
cumbre.
Pero sin duda debíamos haber
perdido el buen camino embarcándonos en una canal equivocada. Como siempre suele
suceder en esos lances, nos planteamos seguir o bajar, e hicimos lo que siempre
se suele hacer cuando se plantea esa pregunta: seguir.
No pasaron ni diez segundos
cuando se me fue de mis manos un bloque gigantesco. Como pude, sin equilibrio,
me lancé a coger unos matojos que asomaban en una repisa lateral, los cuales me
sujetaron de milagro mientras la losa monstruosa se venía abajo en busca de la
cabeza de Osorio, que estaba de mí a escasos dos metros por debajo. Recuerdo que
el ruido de la losa fue exactito al que se produce cuando los vampiros salen de
una tumba en las películas de terror.
Cuando giré la cabeza para
ver qué estaba sucediendo, pude ver con todo mi horror cómo el bloque gigante
pasaba por encima de la cabeza de Osorio, que se había agazapado contra la
pared, debajo de un resaltito, cepillándole literalmente la cabellera y
arrastrando tras de sí kilos de tierra húmeda y polvo procedentes del hueco que
había descarnado semejante morrillo.
El estruendo fue
ensordecedor, y por un milagro del destino, quiso Dios que cayera al río en vez
de la carretera después de reventar árboles y terrazas que estaban en su camino.
Nos quedamos mudos. Yo
colgado de los matojos y Osorio con el susto en el cuerpo, la cara negra como un
tizón, como salido de una chimenea, con toda la tierra metida por la camiseta,
el pantalón y los calcetines. No hubo necesidad de tomar más decisiones. Como
pudimos, regresamos sobre nuestros pasos, dando gracias al cielo por estar vivos
y poder contarlo.
Cuando llegamos al bar “La
Roca”, después de habernos estado lavando a conciencia, un escalador conocido (Maxi)
estaba tendido esperando una ambulancia. El salto del corazón no se fue hasta
que nos informaron que su accidente no había sido fruto de una piedra si no de
una caída, en el sector Hernán Llanos. Sin duda era el día de las desgracias.
Cuando llegaron César y
Juanjo nos preguntaron si no habíamos oído un ruido horrible. Y por supuesto
dijimos que no. Osorio y yo nos miramos. Casi que dejamos lo de escalar para
mañana (les dijimos). Y nos fuimos al bar.
12
La Anciana
Ibicenca (remitida por El Mostrenco Ibicenco)
Sentado en una terraza del
puerto de mi ciudad, mis despellejadas yemas acariciaban la jarra de cerveza
fría tras un intenso día de escalada. Un mimo hacía el payaso por unos céntimos
de euro, su cara me recordaba a alguien. Un ir y venir de mujeres semidesnudas
alegraban mis pensamientos. No podía pedirle más a la vida: cerveza, mujeres,
escalada... Entre el colorido de la muchedumbre de la fauna ibicenca allí
congregada, sorprendía aquella noche, la figura gris de una anciana despeinada
cargada de bolsas que se abría paso entre la gente. Apuré mi cerveza, me acerqué
a ella, y me dispuse a ayudarle con su pesada carga.
- ¡Gracias muchacho! No quedan chicos como tú.
- Lo sé. ¿Dónde vive señora?.- Por suerte no era más allá de dos calles más
abajo.
Al llegar a su casa descargué las bolsas en el rellano. Ella hurgó entre sus
bolsillos y extrajo una moneda. Me negué a cogerla.
- ¡Hijo mío! Soy el V+. Rara vez se portan bien conmigo. Sufro el continuo
menosprecio por parte de la mayoría de los escaladores. En la Cabrera me
maltrataron, me escupieron, me aceraron, me decotaron. Y un mejicano tras
acigüatarme, y susurrarme al oído, me llevó a su cueva y me violó impunemente.
- Les conozco, son de la peor de las calañas. Son gente que paga su frustración
humillando al débil.
- Pero lo que no saben es que conmigo llevo la maldición.
- ¿La maldición?
- Sí la maldición de que quien me humilla entra en un estado de estancamiento y
matadismo sublime.
Despidiéndome de ella me di cuenta de sus lágrimas y me propuse vengarla. Se fue
la luz y un fuerte olor a azufre contaminaba el rellano. Escuchaba otra
respiración, me puse en cuclillas y esperé creyendo que iba a toparme con el
mismo Lucifer. El parpadeo del tubo de neón anunció la llegada de la
electricidad. Frente a mí se encontraba la mujer más bella que hubiese visto
nunca. Estaba desnuda.
- ¿Sorprendido? ¿Creías que era el demonio?
¿Cómo podía saber lo que yo pensaba?
- Soy el 7b. – Dijo con sus labios rojos.-
- ¿Qué quieres de mí?- Dije tartamudeando.
- Has demostrado un gran corazón. Eres un hombre muy sensible y mereces lo
mejor. He venido a que me tomes. Soy tuya. Me mereces.
- ¿Qué te tome?- Pregunté inocente.
- ¡Qué me folles!- dijo mientras bajaba mi cremallera
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El Fantasma de
Abilio o la Magia de los Picos de Europa
(remitida por Esteban Hirchhorn)
Necesito una
explicación racional. Os cuento. He repetido experiencia adentrándome en los
majestuosos Picos de Europa. Mas exactamente el macizo oriental. Que bonito.
Pero no entiendo, de verdad no entiendo. Son piedras. Quiero decir, un esfuerzo
gigante con mi mochila a cuestas de 4 toneladas para subir a los picos mas altos
de las piedras. No tienen casi vegetación y si observas a la derecha ves
montones de piedras pero a la izquierda, si amigos, exactamente igual. Todo
piedras. Y aquí viene el misterio. Ese conjunto de piedras perfectamente
ordenadas susceptibles de recibir un nombre y casi casi un titulo nobiliario
¡¡¡me conmueven!!! Y esa grandiosidad se me impone a cualquier mínimo
pensamiento. Quién realiza una travesía a esos macizos entiende en su vida un
antes y un después, es un sello que queda grabado en la conciencia del paseante.
Y entonces reiteré mi promesa. Mientras las piernas me aguanten debo visitar al
menos una vez al año este conjunto grisáceo que encadenan picos y valles y
afluentes de agua y vacas y corzos y caballos y cabras montesas y gente
inspirada y conmovida por el mismo echo natural.
Esta vez el
viaje se inició de la siguiente forma. En el principio fue la luz. Exactamente
la que generan un grupo de amigos bien avenidos tras un mismo objetivo. Una
breve escala en Sotres para aprovisionarnos de agua y unos kilómetros mas hasta
el Jito de Escarandi. Aparcamos los coches, nos calzamos las botas y luego de
darle el último retoque a las mochilas iniciamos la marcha por el Canal de las
Vacas. De pronto la primera curiosidad. Si prestas atención verás pequeñas
puertas metálicas protectoras de cuevas repletas de quesos de Cabrales. No te
tires a bomba. No son tuyos. Y sigue andando que aún queda mucho trayecto que
recorrer.
La necesidad
de montar el vivaque nos hace acelerar el paso avanzando por una cuesta
interminable y cuando, aún con la alegría del recién llegado y la adrenalina a
tope, empiezas a notar cierto estado de fatiga y percibes tener alguna visión
trastornada deseando una cerveza y sintiéndote ridículo por tal deseo, en medio
de la montaña aparece como un oasis el Casetón de Mazarrasa, extraño milagro
donde se ubica un refugio regentado por un tal Abilio, personaje controvertido,
con una filosofía un tanto trasnochada a quien le agradezco la cerveza. El
reposo, un alto y a continuar.
Con mis
fuerzas recuperadas y habiéndome reído un buen rato por las tonterías dichas,
retomamos la marcha, unos 40 minutos y por fin llegamos.
El Pozo de
Andara nos dio cobijo y una surgente de agua increíble resolvió lo esencial.
Montamos las tiendas, cenamos y discutimos si lo que veíamos en el cielo era
Saturno o Venus o un satélite espía. Lo cierto es que la imagen que conservo de
ese cielo nocturno es lo mas parecido a la perfección.
A la mañana
siguiente arrancamos muy temprano para encadenar una sucesión de picos (vale,
vale en alguno me acojone y miré con cierta envidia maligna por supuesto a los y
las colegas que trepaban sin temor para coronar). Lo andado fue mas o menos así:
Camino Traviesas de Grajal hasta el Pico Grajal de Abajo, Pico Grajal de Arriba
y de ahí al Jierru o Evangelista. Otro poco y nos enfrentamos a la Morra de
Lechugales. Dios, que alto estaba eso. Ahí les di paso a los valientes y yo me
senté a contemplar como me temblaban las canillas. Finalmente atacamos la última
cresta y con la sensación de cruzar por un delgado puente tendido en el vacío
nos aproximamos al Pico Silla Caballo Cimero. Ellos llegaron y yo se los
cuento.¿ Se habrá relatado así la historia de la humanidad?. Acabando la jornada
y ya de regreso en dirección al vivaque la decisión fue unánime. Visitemos a
Abilio. Nos ganamos una cerveza.
Tengo gran
dificultad para relatar lo increíblemente bello del paraje, creo que son de esas
cosas que quedan para uno y solo puedes compartir con quien lo halla visto.
Delante de mi
ordenador, en Madrid, me siento afortunado de haber vuelto a cumplir con mi
promesa.
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